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Poner la mirada en lo que no está perdido

HuellitasPrincipalEscuchando a Roberto Salomón en la radio, haciendo publicidad para la próxima temporada de teatro, transmite con entusiasmo la  fe que tiene en los jóvenes que participan y asisten a las obras que se desarrollan en las tablas. “Nuestra juventud no está perdida”, agrega. Es perceptible que él decidió girar su vista hacia lo bueno que se puede hacer y se hace en esta tierra.

Por Jennifer Barillas de Arriza

Lectora/Colaboradora

Hay muchas iniciativas que están volviendo su mirada y todas sus energías a cambiar el mundo desde la actitud individual de ayudar al prójimo. Desde Fundación Huellitas, que salva perros abandonados y les busca hogar, salvar tortugas marinas, limpiar la Playa los Cóbanos, ayudar a niños en los hospitales ya sea con una visita, o juguetes; dar una cuota mensual para los hogares que rescatan niños en desnutrición; grupos que dan techos o viviendas para los que no tienen hogar, hasta unidades de proyección social universitarias como Ángeles Voluntarios, de la Universidad Matías Delgado. Todas estas agrupaciones transforman el país y el mundo en un lugar esperanzador. Estas causas sobreviven de personas que no delegan esta oportunidad única de amar al prójimo.

Hay muchos proyectos como necesidades en el país. Y sólo hace falta que cada ciudadano encuentre su espacio donde haga eco su deseo de ayudar y se enfoque a dar un poco de sí mismo, ya sea con tiempo, con dinero, con otro tipo de recursos que aporten a la transformación social.

Incluso, las transformaciones sociales pueden partir desde la vocación que tenemos. Como señala Andrés Oppenheimer en su libro: “Crear o Morir” donde habla del cambio que surgió en la cocina peruana, en cómo se volvió un arte culinario que genera hoy no sólo aporte económico al país sino que ha trascendido fronteras. El chef Gastón Acurio escribe: “La diferencia es que nosotros (él y otros chefs que creyeron en impulsar la cocina local con ingredientes locales), no abrimos un restaurante, sino que generamos un movimiento…. En un movimiento, uno es parte de una actividad. Genera un movimiento económico mucho mayor”.  Y expone el libro cómo mucho de los chefs de esa generación dejaron de usar camarones fuera de temporada de consumo para no dañar el medio ambiente, incluso compartían sus recetas por televisión, en lugar de ocultarlas a la antigua, quedarse con los laureles y enterrar en la tumba la oportunidad de salir al mundo como algo robusto y gigantesco.

Hay nuevas generaciones de empresarios en El Salvador también, como Alfredo Atanacio Cáder, quien fue nombrado emprendedor del año en el 2014. Generó cien empleos en el país. Recuerdo haber leído que contaba Cáder que, durante su etapa inicial se preocupaba por las noches pues no podía pagar servicio de vigilancia para el equipo de computadoras que había instalado en su empresa no fuese robado. Pero se arriesgó, dio un salto de fe y cambió la perspectiva de invertir y dar un voto de confianza al país. Es un  ejemplo que se puede volver la vista hacia lo que no está perdido, sino por el contrario, hacia lo que puede brillar y hacer brillar la vida de cien o más.

Ya sea amando apasionadamente lo que hacemos y buscar en ese ejercicio trascender como sociedad, compartir la luz que ponemos en las tareas que realizamos, compartir nuestros aciertos, éxitos, ideas con aquellos que buscan brillar también genera movimientos, espacios nuevos y sobre todo nos transforma a nosotros para luego transformar lo que nos rodea.

Ojalá y cada día pudiésemos preguntarnos por un momento ¿qué hice hoy para beneficio de otro aparte del mío?, algo pequeño, regar una planta, dejar vivo un árbol, ayudar a todo quien y que necesite, quizá más allá de amar al prójimo, es amar a lo que tengamos próximo, como decía Alberto Masferrer.  Girar el cuello un poco, más allá de mí mismo puede hacer de este lugar un sitio distinto.

En las cosas pequeñas que florecen hay belleza transformadora más allá de los ojos.

Despojarse del mal hábito de ver lo que daña, que no enaltece es un vicio que podemos ir erradicando al volver la mirada hacia causas buenas.

Citando de nuevo al chef Acurio “o nos peleamos por migajas, o intentamos construir un mundo nuevo que nos beneficie a todos”…. “Si tu entras a mi compañía y preguntas cuál es su misión, la respuesta que recibirás es ésta: Desarrollar la cocina peruana en el mundo”. Esa misión tan llena de trascendencia es lo que se necesita en las actitudes cotidianas.

En su libro: “Poder, Política y Cambio”, Osho plantea una posibilidad de vivir muy distinta. Este libro tiene una perspectiva de cambio y hacer política que no había encontrado en otros autores.

Arriesgarse a vivir intensamente, pese a la desilusión de un clima árido para iniciativas diferentes, para la innovación o para sobrevivir  a la muerte inminente diaria, este libro dice algo que llamó mi atención: “la dicha no está en completar algo; la dicha está en haberlo deseado, en haberlo deseado con toda intensidad, en que mientras lo estabas haciendo te olvidaste de todo, del mundo entero; en que era el único foco en todo tu ser”. Y cuando veo estas historias de personas que saltaron y lograron florecer, dar frutos, miro eso, una total inmersión y compromiso a trascender porque lo deseaban intensamente.

Volver hacia lo que no está perdido quizá sea eso. Sumergirnos por un momento si contar el tiempo para entregarnos a eso que deseamos casi de manera imperativa y volver a la luz ese quehacer que genera cambios internos y sociales. Y cuando la dicha de lograr hacer es grande, uno puede girarse y ver que no todo está perdido, lejos de eso, encontramos nuevas maneras de hacer un mundo mejor.

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Un nuevo amanecer

PeriodistaPrincipal


Ha finalizado el primer mes y ya muchos están cansados, desgastados, sienten que no pueden más.  Algunos han usado su energía para observar lo que pasa alrededor y han dejado de lado al que verdaderamente importa, tú.  La concentración ha girado en torno a lo que sucede en el exterior olvidando lo que realmente acontece en el interior.  Todos esperamos obtener lo mejor en todo lo que hacemos.

Por: Pilar Nuñez

¿Cómo pretendes obtener lo excelente de lo que haces, si no inviertes tiempo en cultivar tu interior?

La fuerza se pierde en criticar destructivamente y volverte el juzgador de todo aquello que acontece fuera.  El verdadero reto del ser humano es cultivar dentro de sí mismo los grandes valores que ha dejado de lado y ejercer pensamientos positivos, para realizar comentarios que construyan.  Nadie puede sembrar en otra tierra si vive en desierto.  Qué positivo puede aportar quien no dedica a mejorarse cada día.

PresentadoraNo consiste en vivir un día más, a ver como sale.  Lanzándote a la deriva con la frase vacía “que sea lo que tenga que ser”. Quien construye a través de lo que ha sembrado en sí mismo tiene la fuerza suficiente para declarar lo que resultará de sus acciones, quien ha dedicado a cultivarse sabe en definitiva lo que va a cosechar.   

No se trata de sobrevivir.  Es permanecer.

Sobrevivir es el grito desesperado de aquel que ha perdido sus fuerzas, no sabe que mas hacer, a donde va, ha perdido la fe en sus dones y talentos.  Se resguarda en una fachada de fuerza que ha decidido criticar fuertemente y dolorosa a su prójimo,  dedica horas a observar los pasos del otro y disfruta crear el argumento que cuestiona y pone juicio sobre los demás.  Ese es el perfil del que sobrevive.  Gasta su tiempo en desvalorar a los demás.

Quien permanece sabe lo que vale, tiene claros sus objetivos.  Sabe que ha dedicado su vida a construir de sí mismo una mejor versión y que su aporte a los demás puede ser una semilla que fructifique, con dominio de sí, opina conociendo que también es un ser falible y que no está libre de equivocación.  Ejerce comentarios constructivos con el pleno conocimiento que antes de opinar, ha dedicado tiempo para construirse, corregir y sembrar en él.  Permanece porque su visión es clara e inamovible.  

Necesitamos personas que vivan con humanidad ¡Sí! Dejar de ser despiadados, destructores de vidas ajenas.  Leí una frase: “Veo humanos, mas no veo humanidad”.  Mientras se nos va la vida en considerarnos los mejores críticos, desafiémonos siendo los mejores constructores de vidas, de humanidad, mejorando continuamente desde nuestro interior hacia el exterior, con nuestros hijos, con nuestra familia, nuestros padres, amigos, compañeros.  Sustituye tu crítica por soluciones, propone tus grandes ideas, busca impactar al País a través de tus grandes talentos.  Ya existe suficiente destrucción, odio, falta de respeto y muerte. 

¿Qué te parece si usamos este nuevo amanecer para construir?

 

Pilar Nuñez

Socia Fundadora de MujeresenConstrucciónGUA

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Perspectivas para 2016 (XXIV Aniversario de los Acuerdos de Paz)

LUisPrincipalRecién inicia 2016 y es inevitable preguntarse por las perspectivas que se abren para el país de aquí en adelante. Para ello es preciso partir de lo más relevante sucedido en 2015, pues es previsible que las dinámicas que se generaron en el año que acaba de finalizar se mantengan e incluso profundicen en el 2016.

Por: Mtr. Luis Armando González

Analista Político

Foto tomada de la sección Ida y Vuelta

De entrada, hay que hacerse cargo del repunte de la economía. Es leve, ciertamente, pero si el mismo continúa y se consolida es posible que terminemos 2016 con logros económicos firmes y significativos. Se trata, obviamente, de una posibilidad, no de algo seguro, ya que cambios en el entorno mundial repercutirán para bien o para mal en el desempeño económico nacional.

Lo anterior permite hacer una reflexión sobre el significado del crecimiento económico, a propósito del cual se suscitó un debate interesante al cierre del año pasado y que ahora es conveniente retomar. Un eje de ese debate giró en torno al porcentaje del crecimiento del PIB, es decir, acerca de si la cifra de crecimiento ofrecida por el gobierno era o no la real. Desde la derecha y sus portavoces “académicos” se escucharon cuestionamientos al optimismo gubernamental, insistiendo en que en el crecimiento no era el óptimo.

Es oportuno decirles a la derecha y sus voceros que el debate sobre el crecimiento del PIB es algo secundario respecto del debate sobre la distribución de la riqueza, la equidad y el bienestar social. O sea, el crecimiento del PIB  en sí mismo es poco relevante, siendo lo verdaderamente relevante lo que se hace con ese crecimiento en beneficio de la sociedad –si es positivo— o cómo se reparten sus costos, cuando ese crecimiento no se produce o cuando se entra en una situación de crisis.

Hasta ahora, quienes desde la derecha insisten en el crecimiento piensan en términos de los grupos de poder que históricamente se han beneficiado del mismo; y, cuando hay estancamiento o crisis, su preocupación es la salvaguarda de los intereses de esos grupos de poder, no los intereses de los grupos sociales mayoritarios.

De ahí que la discusión sobre cuánto creció o dejó de crecer el PIB sea una discusión carente de sentido, si se la reduce a algo meramente económico. Entrar en el juego de las cifras y los tecnicismos permite a la derecha y sus “académicos” moverse en un terreno que, por ser ajeno a los intereses de la mayor parte de la población, es el más favorable para desviar la atención de lo que en realidad es lo más importante: cómo afecta el crecimiento (o la falta de crecimiento) a la sociedad.

Es desde ese punto de vista que debe juzgarse el desempeño de un gobierno. No hay, pues, que jugar el juego de la derecha con su obsesión por las cifras, sobre todo porque hay condicionamientos estructurales que ponen límites no sólo al crecimiento del PIB, sino de otros indicadores macroeconómicos. Los “académicos” de la derecha lo saben y por ello llevan el debate hacia ese terreno donde se saben seguros de ganar la batalla por las ideas.

Otro de los temas que los “académicos” de la derecha sacaron a relucir fue que los avances económicos destacados por el gobierno obedecían a factores externos; con ello pretendían opacar los esfuerzos del Ejecutivo por apuntalar la economía salvadoreña en 2015.

Resulta curioso que “expertos” en asuntos económicos no parezcan darse cuenta de lo inevitable que es, para economías como la nuestra, verse condicionada por la dinámica económica internacional. No se trata de algo nuevo, si  se recuerdan las tesis de la economía “trunca y dependiente” en las que se educaron, por cierto, buena parte de esos académicos derechistas.

Claro está que en un mundo globalizado esos condicionamientos son mayores. De donde se sigue que argumentar que la economía salvadoreña mejoró por las dinámicas positivas internacionales no constituye ningún reparo serio a los esfuerzos del gobierno. De hecho, lo que se tiene que evaluar es si esos esfuerzos son los que han permitido capitalizar la dinámica internacional positiva. E incluso, lo que es más importante, se debe evaluar si esa capitalización está orientada hacia políticas públicas que favorecen al conjunto de la sociedad, especialmente a los sectores sociales más vulnerables.

Por supuesto que un enfoque como el propuesto brilló por su ausencia en los análisis económicos predominantes con los que cerró el año 2015. Se entiende que haya sido así, dada intención de oscurecer los esfuerzos gubernamentales por apuntalar la economía del país y por priorizar el bienestar de la sociedad por encima de los intereses y el bienestar de los grupos de poder económico.

Como quiera que sea, es importante que la economía nacional despegue, y es importante que lo haga sobre unas bases que le permitan sacar provecho de las dinámicas positivas internacionales, pero también encarar de una mejor manera las situaciones internacionales de recesión o de crisis.

Esas bases nunca antes se cimentaron de manera firme (de ahí lo de “trunco y dependiente”) y el esquema (neo) liberalizador calcado de Chile y de EEUU, en los años noventa, desarticuló lo poco que se había hecho en la historia del país para poder maniobrar, con relativa solvencia, en un entorno económico globalizado.

Los que dicen que saben de economía deberían estar claros de lo que se acaba de apuntar. También deberían estar claros de que rearticular el aparato económico nacional es una tarea de una envergadura tal que quizás consuma varias décadas de esfuerzo sostenido.

Como en otras naciones que han pasado por trances semejantes, sin un rol decisivo del Estado ello será imposible. No un Estado “ciervo” de los intereses de grupos de poder particulares, sino un Estado en función de los intereses de la sociedad. Abundan los ejemplos de países que, gracias al empuje de sus Estados, lograron salir de impasses no sólo económicos, sino sociales, culturales y políticos.

Un Estado erosionado, que fue lo que dejaron quienes administraron la (neo) liberalización económica entre 1989 y 2009, sirve de poco para la rearticulación de la economía nacional y para la integración social y cultural. Ambas son caras de la misma moneda. La economía y la sociedad deben darse la mano.

Cualquier apuesta que divorcie la economía de la sociedad –preocupándose por el crecimiento, pero dejando de lado la justicia, la equidad y el bienestar de la sociedad— es una mala apuesta histórica. Lo es porque nos condenará, casi para siempre, al callejón sin salida del deterioro de la convivencia social, el desarraigo, la anomía y, en definitiva, a la violencia sorda de todos los días que es el mejor caldo de cultivo de la violencia criminal.

En 1992 se comenzó una transición de la guerra a la paz que auguraba un mañana mejor para la sociedad salvadoreña. En algún momento, el camino se torció y se incubaron dinámicas violentas que no condujeron a la sociedad soñada después del fin de la guerra civil.

De alguna manera, en 2009 se abrió una ruta para retomar la senda de 1992 plasmada en los Acuerdos de Paz. En 2014 esa ruta se hizo clara, pero precisamente junto con esa claridad se hicieron evidentes las complicaciones que suponía asumir una trayectoria histórica que se vio truncada inmediatamente después de haberse firmado la paz.

Han pasado más de dos décadas desde que finalizó la guerra civil. Este 16 de enero, precisamente, se celebra el XXIV Aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz, que fueron el marco propicio para no sólo para la transición a la democracia, sino para la consolidación democrática, toda vez que su cumplimiento fuera irrestricto e integral. Lamentablemente, no fue así. La reforma política e institucional, a la cual se le pusieron las mayores energías, no se complementó con la reforma económica y el diseño de políticas públicas orientadas a la integración y la inclusión de la sociedad.

Cuando se analizan con seriedad y honestidad los problemas sociales que el país incubó a lo largo de los años noventa –una década de preocupante violencia social—  es inevitable no darse cuenta de que una de las causas de ello quizás radique en la traición a la integralidad de los Acuerdos de Paz y, en concreto, al irrespeto de la exigencia de justicia socio-económica que presente en esos históricos documentos.

Los diferentes gobiernos de la derecha que administraron la transición o bien dieron abiertamente la espalda a los intereses y necesidades de la sociedad –poniendo en la mira de su quehacer los intereses de los ricos más ricos de El Salvador, como los denominó María Dolores Albiac— o bien le prestaron una atención insuficiente en marco de un populismo punitivo con fines electorales.

El Salvador iba camino al despeñadero cuando la derecha fue relevada del Ejecutivo en 2009. Quienes tienen memoria corta seguramente no lo recuerden e, incluso, de forma francamente perversa quizás argumenten que los problemas del país comenzaron en 2009. Nada más falso que eso. El deterioro social, cultural, ambiental e institucional era extremo al cierre de 1999 y el desastre de esa década marcó las dinámicas de la siguiente, y sigue dando coletazos en el presente.

Definitivamente, el país no podía seguir por ese rumbo de deterioro en su convivencia social, cultural e institucional. En 2009 se abrió la posibilidad de cambiar ese rumbo; se abrió la posibilidad de hacerlo a partir de una apuesta por la sociedad, especialmente por los grupos sociales más vulnerables.

El nuevo cambio de marcha supuso hacer de lo social la principal prioridad del Estado. Se comenzó a caminar, así, en la senda trazada por los Acuerdos de Paz, lamentablemente truncada casi inmediatamente después de su firma. Claro que a esas alturas muchos de los problemas nacionales eran de naturaleza distinta a los que desencadenaron la guerra.

Sin embargo, la matriz de exclusión de las mayorías y de concentración de privilegios y riqueza en una minoría seguía vigente. Eso hace urgente volver al espíritu de los Acuerdos de Paz, recuperar las ansias de justicia y de solidaridad que los animaron.

Desde 2009 en adelante, no sin tropiezos y oposiciones interesadas, se comenzó a dar a la sociedad salvadoreña el lugar debido en el quehacer del Estado. De manera más firme, ese empeño se ha continuado a partir de 2014, tal como lo confirma el Plan Quinquenal de Desarrollo 2014-2019.

Es una lástima que a partir de 1992 no se elaborara una visión estratégica como la que se tiene en el presente. Es razonable pensar que, en ese caso, la trayectoria social, económica y cultural del país no hubiera sido la que se tuvo en la década de los noventa y en casi toda la década siguiente. Se perdió una oportunidad de oro, ciertamente: se perdió la oportunidad de fundar un nuevo país –inspirado en el proyecto de nación de los Acuerdos de Paz— cuando las energías colectivas eran favorables para la audacia y cuando se gozaba de la legitimidad suficiente para ensayar un recorrido histórico novedoso.

Por falta de visión y compromiso, El Salvador fue llevado hacia los cauces tradicionales de desprecio hacia los débiles y de endiosamiento de la riqueza. Se impuso de nuevo el esquema en la mentalidad de los ricos de que el país es una gran hacienda de su propiedad, pudiendo disponer a su conveniencia de todo lo que ahí se encuentra.

Sacar al país de esos cauces tradicionales no está resultando fácil. Y no sólo por la ferocidad con la que las élites de derecha defienden sus privilegios. También los problemas nacionales son más complejos ahora que hace dos décadas. Bien vistas las cosas, esos problemas irresueltos nos están pasando la factura en estos momentos. No se quiere decir que no se los pueda enfrentar o solucionar; sólo se dice que eso es ahora mucho más difícil que en el pasado. Y si no se los resuelve ahora, serán mucho menos manejables en el futuro.

La audacia, la determinación y la visión de país se imponen como una necesidad imperiosa de sobrevivencia colectiva. Los Acuerdos de Paz, su fragua previa y su firma definitiva, constituyen un marco privilegiado de enseñanzas concertadoras que del cual hay que nutrirse. Su vigencia no sólo es de contenidos –apuntalar una reforma socio-económica de envergadura que sea coherente con los avances en la institucionalidad democrática— sino de espíritu: ansias de justicia, de solidaridad, de armonía y de paz social. Son esas ansias las que deben cobrar vida de manera firme en este 2016.

San Salvador, 8 de enero de 2016

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Nuevos Acuerdos

generacionTodos los días la naturaleza nos brinda la oportunidad de ver su máximo esplendor, días como estos de verano, con esos rayos de sol saliendo poco a poco, el cielo cambiando de tonalidades, el cantar de las aves, brisa fresca, es imposible no llenar tus pulmones de aire y sentir PAZ si te lo permites.

Por: Generación Azul/Lectores/Colaboradores

La paz, es un concepto digamos ambivalente, por un lado visto desde el sentido positivo es un estado a nivel social o personal en el cual se encuentran en equilibrio y estabilidad las partes de una unidad, vista desde un sentido negativo, es la ausencia de inquietud, violencia o guerra.

El 16 de enero, año con año, debería ser una invitación a celebrar el sentido positivo de la Paz, sin embargo, es un recordatorio que después de la firma de los Acuerdos, no ha existido en ningún momento de paz para los salvadoreños.

Aristóteles advertía en Política: En el principio ha de corregirse el pecado; porque un error pequeño en los comienzos equivale a la mitad del error del todo.

La firma de los acuerdos de paz se dieron en medio de muchas circunstancias y presiones, me gustaría creer que la principal razón para firmarlos fue detener el sufrimiento de un pueblo que vivió los estragos esa guerra, en la que perdieron familiares, amigos y posesiones materiales como parte de los daños colaterales que trae consigo un proceso de este tipo.

Como dije, me gustaría creer que esa fue la razón y no la presión internacional, ni el contexto de financiamiento de dicha guerra, así como me gustaría creer que el ideal por el cual se inició la misma era verdadero en el corazón y mentes de quienes formaron la guerrilla.

Sin embargo, nuestros días me demuestran que soy una ilusa con letras mayúsculas, y que cuando existe dinero y poder de por medio, los ideales pesan menos que la hoja de un árbol al caer.

Seguimos viviendo en guerra, nos guste aceptarlo o no, misma que continúa por no corregir los pecados por los que se inició la primera: la desigualdad social y económica, la falta de oportunidades, la corrupción desde las instituciones, la corrupción en todos sentidos y niveles, el peligro de perder la poca democracia ganada, entre otros.

El único cambio es la cancha en la que se juega y los jugadores, sin embargo los que seguimos pagando el precio de la entrada y sufriendo los resultados del partido somos nosotros, el pueblo.

Como hemos mencionado en otras notas, no somos el primer ni el último país en guerra, ni en crisis. La diferencia entre nosotros y esos otros países que lograron salir de ellas, es la calidad de líderes que tenían, valientes y dispuestos a lidiar con las consecuencias de las medidas que tenían que tomarse, fueran populares o no.

Nuestro país carece de la figura de un Presidente líder que saque lo mejor de una nación quebrantada, carece de figuras políticas capaz de alzar su voz y de unificarnos como nación, carece de ideales y valores como sociedad, carece de grupos que quieran sacar realmente al país de este estado de guerra disfrazada. Si creen que estamos equivocados, hay que demostrarlo con hechos.

Mientras eso pasa, seguimos aquí viendo más muertes (sean pandilleros o no), éstas representan vidas que forman parte de una estadística que nos posiciona como el país más violento de América Latina. Seguimos viendo abusos de poder por parte de los mismos que antes lo tenían, pero ahora también lo vemos por parte de los que decían defender la igualdad para todos.

Tenemos una economía quebrada donde empresas cierran todos los días, donde entre los impuestos y la “renta” dejaron con deudas y sin ahorros a muchos que quisieron ser valientes y emprendedores.

Donde escuchamos frases sacadas de la manga como Percepción Ideológica para justificar la inconformidad y la poca paciencia que nos queda como ciudadanos. Donde rotan personas ineficientes y con resultados paupérrimos en sus actuales puestos, que van a otros puestos que sin duda les quedaran grandes porque no están preparados para ello.

Para salir de este ciclo nefasto necesitamos Nuevos Acuerdos, acuerdos que lleguen antes que el cansancio de la población sea tal que se organice y estalle una nueva guerra civil. Se requieren acuerdos con sentido, donde la población participe activamente con las personas correctas, con los que se puedan corregir los errores y vicios del pasado y el presente, que nos permitan ver una cara de El Salvador próspero, pujante y pensante.

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Cómo crear hábitos positivos en los hijos

habitos positivos en niñsDurante una tarde, mientras compartía con una amiga muy querida, las experiencias de ser mamá, me dijo: “Sobre eso deberías escribir”, pues conversábamos de la importancia de que los hijos tengan buenos hábitos y no hay nada mejor que iniciar un año nuevo con metas positivas.

Redacción:  Jenniffer Barrillas de Arriaza

Foto: Redes

Inicio el tema, con que los seres humanos somos libres por naturaleza, y que todo aprendizaje es un acto volitivo. Una vez que nos comprometemos con nosotros mismos para hacer un cambio… esto puede ser posible.

Los hijos son seres libres, pero quienes con una guía y sobre todo nuestro ejemplo pueden desarrollar hábitos positivos, en la puntualidad, hacer ejercicio, ordenar su habitación, practicar buenos modales en la mesa, dejar las pataletas, o desarrollar también virtudes puede parecer algo utópico en un mundo donde nos creemos muy buenos porque no matamos y no robamos.

Muchos decimos, “pero si es un buen hijo”, no debo exigirle tanto. Sin embargo, las cosas que pueden llevarle a victorias personales que desarrollen una sana autoestima y sepan el valor de las cosas no es algo excesivo sino, por el contrario, en una necesidad.

Recuerdo que en edades tempranas ponía un pliego de papel bond con un organizador semanal que le llamábamos el “horario de campeones”, un nombre atractivo para los niños.

Ahí poníamos en las casillas las cosas que deseábamos mejorar, mamá no perdería los estribos en el tráfico, otro dejaría de quejarse, el otro despertaría de buen humor, el otro ordenaría sus objetos personales y así, la semana iba transcurriendo con pequeños triunfos que se celebraban con tiempos para jugar en casa, una hora en el parque, sobre todo, premios que no fuesen objetos que se compraran con dinero, sino que se valoraran, que es diferente. Todo éxito se celebraba con elogios y porras.

A medida que han avanzado los años las cosas han ido cambiando. Hoy deben cumplir con sus metas si desean a cambio algo que de verdad desean. En ocasiones han sido cosas materiales, pero en otros casos ellos mismos piden un espacio a solas con mamá o papá o sus amigos. De manera que se sientan felices con tener en su vida momentos que guardarán en sus corazones y memoria y que no habrán comprado en ningún lugar.

No pretendo con mis palabras aconsejar a nadie. Más bien comparto vivencias que aprendí en un diplomado impartido por ICEF. La experiencia fue gratificante, ya que ningún padre tiene manual para formar a sus hijos. Así que conocer a cada uno como es, y trabajar en equipo con esa materia prima, con lo que cada uno somos es la manera que encontramos de pulir poco a poco aquello que deseábamos mejorar. Y la tarea se renueva siempre.

Creo que hay situaciones donde una mamá puede sentirse limitada o un papá. Y dada nuestra cultura pensamos que los sicólogos son para niños con problemas como hiperactividad o déficit de atención. Un terapeuta puede ser un apoyo sustancial para un niño que necesite ayuda.

He visto madres que con mucha pena me preguntan si conozco un sicólogo para sus hijos y la verdad no creo que sea razón para sentir pena. Para mí hay que sentir pena de la desidia, del descuido, de la indiferencia, pero no del deseo de ayudar a un hijo para que supere obstáculos donde los padres a veces nos sentimos limitados. ¿Por qué no aceptarlo? No podemos hacerlo todo. Así como necesito un Ortodontista para moldear la sonrisa de mi hijo, o un maestro que le enseñe el idioma francés si lo desea, así también puedo buscar un terapeuta si se requiere.

Una de las recomendaciones que leí en internet para los propósitos nuevos es que sean metas realistas y alcanzables, que partan de un vocabulario optimista, como por ejemplo: “Reduciremos juntos las horas de navegación en casa”. Y a la par tener una actividad que compense ese cambio como salir a caminar, escuchar música, leer un libro, jugar en familia, y otras actividades creativas.

Lo primero, y siempre mencionado es dar el ejemplo. Y lo cierto es que sin ejemplo, sin demostrar que nosotros estamos esforzándonos por cambiar en algo es difícil que los demás adquieran y valoren el compromiso.

A un adolescente es más difícil convencerlo que arregle su habitación si yo no hago lo mismo, y cuando viene la curiosidad por los vicios, en algunos casos, nuestro ejemplo les dirá más que un sermón.

Los hábitos positivos nos llevan a las virtudes. Y creo que eso es lo que hemos perdido estos días.

Últimamente hay toda clase de abusos por nosotros mismos como ciudadanos porque hemos perdido la sensibilidad de la maldad. Nos justificamos, creemos que, porque no robamos o no matamos tenemos derecho a ser groseros en la calle, a ser desagradables en lugares públicos, a creer que exigimos nuestros derechos en detrimento de los ajenos y una serie de abusos, causa de un egoísmo desmedido que, al final, hace la sociedad más enferma y muy blanda con los abusos mayores.

Nos quejamos de la violencia pero no hacemos nada porque no estamos lo suficientemente empoderados para hacer algo que cambie las cosas.

Estamos nosotros mismos siendo violentos al ser groseros por el tráfico, al robar tapaderas de tubería, al tomar los recursos del Estado como propios, al hacer un trabajo “chambón”, encubrir abusos ajenos, disponer de recursos de una empresa como propios, creer que todos deben respetar mis derechos pero que yo no tengo razón alguna para respetar a los demás.

Sabemos que para cambiar las cosas de afuera hay que cambiar lo de adentro y con tanta ocupación nos damos por vencidos con las obligaciones cotidianas, como un justificante suficiente para que las cosas sigan igual.

Para desarrollar hábitos positivos se necesita un plan, voluntad, y una dosis de necedad y para cumplirlos, aunque a veces no queramos. Hagámoslo por nuestro propio bien y en consecuencia haremos una mejor sociedad más humana.

 

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